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viernes, 11 de noviembre de 2011

NUESTRO COMPAÑERO RAFA VEGA EN LA MARATÓN DE NEW YORK


New York, New York
En la base del Verrazano Bridge, unos acordes que me resultan familiares interrumpen mis pensamientos. Andaba ensimismado, totalmente fascinado por la magia que inunda este rinconcito de Staten Island el primer domingo de noviembre. De repente, la voz dulce y armoniosa de un aspirante a Frank Sinatra rompe el solemne y ceremonioso silencio en el que estamos inmersos los 47.000 corredores que hemos peregrinado a esta especie de meca de las maratones. “Start spreading the news, I’m leaving today. I want to be a part of it, New York New York”. Al mismo tiempo que escucho la canción, la voy traduciendo en mi pensamiento, tratando de interiorizarla. “Quiero formar parte de esto, Nueva York”, me digo a mí mismo. Y caigo en la cuenta de que ya es la cuarta vez consecutiva que cumplo ese sueño que hace un lustro podría parecer inalcanzable: correr una maratón. Y hacerlo en la ciudad de los rascacielos.

Son las 9:35 de una mañana fría, pero menos gélida de lo que esperábamos. Se agradece, aunque a estas horas aún llevo los guantes puestos. “I wanna wake up in the city that doesn’t sleep”. La segunda estrofa de esta especie de himno, de este canto a la ciudad que nunca duerme, sirve para que vaya entrando en calor. Las pulsaciones empiezan a subir y los vellos de punta casi rasgan las mangas de mi camiseta.

Quedan pocos minutos para que retumbe por los cinco distritos de la Gran Manzana el “Are you ready to run?!?” que precede al pistoletazo de salida. Y eso se nota en las miradas de todos los que empezamos a poner nuestros relojes a cero. Unos con la vista al frente, con un objetivo claro. Otros, clavando sus pupilas en el suelo, dándole una mística trascendente al momento que estamos viviendo. Una maratón, miles de historias personales condensadas en estos pocos metros cuadrados de puente que atraviesa el Río Hudson para llegar a Brooklyn. “Con alcanzar la meta será suficiente”, piensan unos. “Tengo que bajar unos segundos mi mejor marca”, mascullan los más ambiciosos. “And find I’m a number one, top of the list, king of the hill”. Me convenzo de que soy el número uno, el rey de la colina. Y es así. No compito contra nadie, solo contra mí mismo. Eso ya es suficiente. He conseguido completar mis entrenamientos de forma satisfactoria y ahora solo falta rematar la faena, tener un buen día y que las cosas salgan bien.

De repente, me veo tarareando el “New York New York” igual que lo hacen todos los que están a mi alrededor. Es una comunión de almas, da igual que seas blanco, negro o amarillo. Un grito universal que cantamos al unísono todos los que hemos llegado hasta aquí. Runners de distintos rincones del planeta unidos por esta mágica ciudad y su maratón. A partir de ahora nos queda por delante asfalto y corazón. 42 kilómetros de sueños, sufrimientos, esfuerzos y felicidad. Allá, a lo lejos, se divisa la silueta de Manhattan. Y en su interior nos espera Central Park, esa especie de paraíso en la tierra con el que tantas veces hemos fantaseado en nuestros entrenamientos. Hoy está más cerca que nunca. “If I can make it there, I´ll make it anywhere. It’s up to you”. Si lo puedo hacer allí, lo puedo hacer en cualquier parte. Solo depende de ti.

Los pasos que antes eran cortos empiezan a hacerse cada vez más rápidos, las pisadas acompasadas de nuestros pies levantan una leve polvareda que no impide disfrutar el momento. Empieza a languidecer la música, se apaga la voz del cantante. Nos estamos aproximando a la línea de salida. Suena el estruendo que marca el inicio de la carrera. El pitido de los chips es cada vez más perceptible, lo que anuncia que ahora empieza lo bueno. Salto por encima de la alfombra y aterrizo con mi pie derecho sobre el asfalto. Respiro profundamente y cierro los ojos.

Unas horas después los abro y me descubro con una medalla colgada de mi cuello. Es parecida a otras tres que decoran el salón de mi casa. A simple vista puede parecer un mero trozo de metal. Pero es mucho más. Es orgullo, es satisfacción, es sacrificio, es dolor, es gloria… es haber corrido la Maratón de Nueva York.

Porque, como decía el gran Sinatra, “si lo puedes hacer allí, lo puedes hacer en cualquier parte. Solo depende de ti”.

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