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lunes, 11 de julio de 2011

NUESTRO COMPAÑERO "RAFA VEGA" DESCRIBE LA EXPERIENCIA DE CALAR ALTO

"Como una cabra"

Que el móvil te saque de lo más profundo de un sueño puede significar, o bien que alguien tiene ganas de seguir la fiesta, o que te has quedado dormido y tu jefe te reclama. Esta vez no fue ninguna de estas dos cosas. Eran las seis y media de la mañana y Paco Garzón (presidente de Los Trotanoches) me anunciaba un cambio de planes. El día lo empezaríamos desayunando en un bar distinto al que habíamos convenido horas antes. La de Paco no es la voz más dulce que esperas escuchar cuando te despiertas, pero sí anuncia que va a ser una jornada de emociones fuertes.

Media maratón de Calar alto. La primera carrera en la que compito dentro del plan de preparación para el Andalucía Desafío Doñana. Hacía ya algo más de tres meses que no me colocaba un dorsal, vuelven esos escalofríos que te recorren la espalda en los segundos previos a la salida. Te aprietas los cordones, compruebas las pulsaciones, miras las caras de la gente y pones en marcha el cronómetro…



Soy de los primeros en salir pero, de repente, me encuentro engullido por la muchedumbre. Nada más sonar el pistoletazo de salida, todos arrancan a correr y se levanta una nube de polvo que nos acompañará durante todo el recorrido. Siento vértigo y miedo. Los primeros kilómetros son cuesta abajo, por una vereda que apenas tiene dos metros de ancho. Un angosto camino de tierra y piedras que me hace temer por mis maltrechos tobillos. Cada uno de nosotros queremos adelantar, pero no hay sitio para todos. Por suerte, mis temores se van disipando conforme se va estirando el grupo, y cada vez tenemos más sitio para maniobrar. Tanto, que los primeros parciales los hago muy por debajo del tiempo que tenía previsto. Demasiada adrenalina.

Pasado el kilómetro cuatro alcanzo a Paco Garzón, con el que haré el resto del recorrido. Y apenas unos pasos después me encuentro la primera gran sorpresa: un cortafuegos de unos 800 metros y una pendiente que hace que tengas que dejar de correr y empezar a andar. Nadie me había hablado de ello. Iluso de mí, creí que venía a hacer una media maratón en asfalto… Así que toca apretar el culo.



Estamos en pleno monte, a 2.000 metros de altura, ajenos a cualquier atisbo de civilización. De hecho, la población más cercana se encuentra a más de 20 kilómetros. Así que los únicos seres vivos que suelen merodear este paraje son las cabras que pastan por las laderas de la montaña. A ellas nos hemos unido nosotros en esta calurosa mañana dominical de julio. Y algo de caprino también tenemos todos los participantes de esta Media maratón de Calar Alto: corremos y saltamos cual rebaño por estas escarpadas colinas y, además, estamos locos como cabras. Porque un puntito de enajenación hay que tener para trotar por la sierra como nosotros lo hemos hecho.



Al llegar a lo más alto del cortafuegos, paramos un instante, respiramos para recuperar, y volvemos a correr. Apenas seis kilómetros y las fuerzas empiezan a flaquear. Esto es más complicado de lo que imaginaba. No es una media maratón cualquiera y ya me hago a la idea de que el tiempo que había previsto no me va a salir ni por asomo. Hay que cambiar el chip y adaptarse al medio por el que nos estamos moviendo.




Durante la siguiente hora el recorrido es más o menos sencillo. Por caminos de tierra, con subidas y bajadas suaves, y con una anchura suficiente para que podamos correr sin molestarnos. Es la mejor parte de la carrera, en la que Paco y yo cogemos velocidad de crucero y nos proponemos alcanzar a una participante que se divisa en el horizonte. El dorsal 361. Paco no ha parado de conversar en todo el camino con todos los atletas que hemos ido dejando a nuestro paso, así que pienso que cuando demos caza a nuestro objetivo, no tendrá ya fuerzas para seguir hablando. No le conozco lo suficiente… Paco es un experto de las relaciones públicas, así que no hay manera de callarle.



Ni con nuestro último gran obstáculo, el segundo cortafugos que se nos aparece. Con las dos horas de carrera ya cumplidas, yo había asumido que estábamos cerca de la meta. Más aún cuando pasamos por el kilómetro 18. Algo más de 3.000 metros para acabar. Pero empieza la parte más complicada del recorrido. Las fuerzas andan ya escasas, y éste es un auténtico test de superación. Dos kilómetros con un desnivel de 500 metros en los que vamos dejando atrás a muchos corredores, a los que las fuerzas ya les han abandonado. Gente sentada descansando, cogiendo aire, estirando, intentando olvidar el intenso dolor muscular producido por la subida… Pero Paco sigue con ganas de hablar y de hacer fotografías. A mí apenas me quedan fuerzas ni para posar sonriendo.



Afortunadamente, el observatorio astronómico que corona esta montaña se nos aparece a unos cientos de metros. La meta ya está ahí, casi la podemos tocar. Y empiezo a escuchar la estridente megafonía que anuncia el final de la carrera.



Ha sido la primera edición de esta durísima prueba, y todos mascullamos al terminarla que nunca más la volveremos a correr. Pero en cuanto finalizamos los estiramientos y se bajan las pulsaciones, recapacitamos. Claro que sí, volveremos. Y es que estamos locos. Locos como cabras.

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