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jueves, 13 de mayo de 2010

BRUTAL



Es la única palabra que se me ocurre para describir la recién acabada prueba de los 101 Km. Peregrinos por el camino de Santiago de invierno. A la dureza del recorrido se unió las inclemencias meteorológicas que hicieron de esta prueba la más dura de todas cuantas haya conocido, y no solo es mi opinión, sino la de muchos participantes curtidos ya en este tipo de lides, incluso a la llegada comentado la prueba con el compañero Paco “el motrileño” que ha realizado todas las ediciones de los 101 Km de Ronda y con marcas alucinantes, me indicó que había sido mucho más difícil que cualquiera de las que había realizado hasta ahora, tanto por el recorrido como por las condiciones climáticas. Ya sabíamos de antemano que el perfil del recorrido se las traía y que había previsiones de lluvia por el camino, aunque nunca imaginamos hasta qué punto; y aún así, la expedición Trotanoches con sus doce componentes demostró de que materia están hechos pues hacer un pleno completo en esas circunstancias me parece poco menos que un milagro.

            Tras una maratoniana jornada de coche, llegamos por fin a Ponferrada, donde nuestro anfitrión Daniel, amigo del presi, nos llevó a comer al Restaurante Casa Lita donde realizamos nuestros primeros 101 Km gastronomicos de la mano de la simpática Alicia y su familia. Fueron multitud de platos caseros típicos de la zona los que tuvimos ocasión de degustar, así como sus postres y vinos, en particular se nos quedó grabado el botillo que parecía un chorizo gigante, pero relleno de costillas por dentro y con mucho pimentón, alguno incluso llegó a endiñarse dos de esos gigantescos botillos. Más que una comida, aquello pareció una de las típicas fiestas trotanoches a las que el presi nos tiene acostumbrados y realmente nos vino fenómeno para afrontar lo que nos esperaba al día siguiente. Tras la comilona fuimos a recoger los dorsales, y fue allí donde nos dimos cuenta que la organización, pese a la gran ilusión que le ponían, quizás no estuvieran a la altura de las circunstancias, más aún siendo la primera edición de la carrera.

            A las once de la mañana del sábado día 8 de mayo de 2010 se produce la salida de los marchadores, precedida unos minutos antes por la de los ciclistas y duatletas. Prestos para afrontar el reto se encontraban Cristina, Toñi, May, Paco, Juani, Antonio, Silvia, Ángel, Francis, Reyes, Ramón y yo mismo, con dudas, pero mucha ilusión. Al principio el tiempo acompaña, pues aunque estaba nublado y corría un poco de fresquito, es precisamente esa la temperatura ideal para afrontar una carrera tan larga.
Pasan los primeros kilómetros y se forman los primeros grupos. Ramón, Francis, Ángel y Reyes por delante. Yo un poco más retrasado porque me niego a correr cuesta arriba, prefiero hacerlo andando y correr el resto, mas que nada porque la experiencia me ha demostrado que es la mejor manera de batir terreno en una prueba de este tipo. Por detrás de mí viene el resto de compañeros, con un ritmo más tranquilo, pero a la vez firme y seguro.
Las primeras horas disfruto como un enano de la belleza del paisaje, de sus aldeas y de sus gentes, los cuales, en su conjunto emanan una magia indescriptible y que solo puede apreciarse estando allí. Realmente la región muestra trazos de lo que pudo haber sido el paraíso primigenio, y sus habitantes sus eternos guardianes. Pero a la vez, esas tierras pueden ser muy duras, y a partir de las tres de la tarde se nos mostró la otra cara de la moneda, y el paraíso se tornó infierno. Las nubes no aguantaron mas y empezaron descargar todo lo que tenían y mas, los senderos empezaron a convertirse en barrizales y los charcos crecieron hasta parecer barreras de agua que dificultaban nuestro paso. Del Km 35 al 50 viví mi propio infierno, lluvia fuerte e incesante, que a veces era de aguanieve, viento, mucho frío y con los pies hasta el tobillo de barro y calados completamente. Ni tan siquiera pude contemplar las Medulas en el mirador de Orellan debido a la niebla, más aún, pasados unos kilómetros y cruzando por un collado, las nubes ascendían desde el barranco con tal ímpetu que me llovía de abajo hacia arriba. Fueron momentos extremos en los que clamé al cielo pidiendo ayuda para mi y el resto de compañeros. Me arrepentí de estar allí y de haberlos arrastrado a ese infierno, incluso deseaba que se hubieran retirado todos en el primer avituallamiento que encontraran.
Las condiciones finalmente se suavizaron un poco, aunque la lluvia seguía incesante y el barro hacia muy dificultoso el camino, alcanzando el Km 60 donde se podían recoger unas mochilas con ropa seca y entrar en calor puesto que el frío me atenazaba.

Es en este punto, en el Puente de Domingo Flórez donde aparecieron Antonio y Silvia, acordando hacer el resto del camino juntos, los espere mientras les curaban los pies y recobraban energías, y justo cuando ya estaban casi listos apareció Reyes con mala cara y muchas molestias pero sin intención de retirarse por lo que lo esperamos para no dejarlo solo y hacernos compañía. Faltaban 40 Km y yo sabia que con las condiciones que había por el camino, aún nos quedarían unas diez horas pues a partir de ese punto comenzaba realmente la carrera de los 101 Km. Con gran determinación partimos hacia la nueva aventura de la noche un equipo formado por Isidro, amigo de los trotanoches y pretoriano de Tomares, Luis, de origen Portugués que nos hizo ser un grupo internacional, Antonio, un autentico todo terreno, Silvia, gran heroína de la expedición cientounera, Reyes, con una voluntad inquebrantable de acabar la carrera y un servidor, que aunque tuve que esperarlos 1 hora y media para salir, sabia que ese equipo era ganador sin duda alguna.

            Durísimo fue el resto del camino a meta, mucha la lluvia y aguanieve que nos calló, mucho barro y frío, pero aguantamos todos los envites hasta el final, incluso los fallos estrepitosos de la organización, en cuanto a señalización del recorrido nocturno, que incluso nos hizo retroceder en algún punto del camino por culpa de sus malas indicaciones. Reyes no aguantaba mucho mas, pero su carácter le impedía la retirada, así que tome la determinación de pegarme a él como una lapa, vigilarlo, hacerlo descansar un poco en los avituallamientos, aunque lo justo para poder reanudar la marcha, y hasta llevarlo en brazos si hubiese sido necesario. A veces nos despegábamos del grupo pero por unas u otras circunstancias volvíamos a juntarnos y siempre pendientes los unos de los otros. He de reconocer que los parones y lentitud de la marcha, junto a la lluvia continua que finalmente hizo que mi chubasquero de correr no sirviera de mucho pues la ropa la tenia empapada, hicieron que pasara un frío bestial en la parte final del camino, estando muy cerca de la hipotermia, aunque quizás la experiencia en este tipo de aventuras me hizo sortear los peligros a los que tuve que enfrentarme.
Los kilómetros se hicieron eternos, los avituallamientos parecían separados por muchas leguas unos de otros y la meta parecía no acercarse nunca. Varias horas soñando con ese caldo caliente que nos esperaba en algún avituallamiento que nunca llegaba, si bien, y gracias a las gentes de las aldeas, no nos faltó de nada pues dada la situación por la que nos encontramos, rápidamente reaccionaron y empezaron a llevar alimentos de sus propias casas, empanadas, tortillas, chorizos, lo que fuese necesario. Pocos kilómetros faltaban y terminamos por separarnos, Reyes y yo íbamos ya realmente mal, extenuados y helados de frío por lo que el chocolate caliente que nos dieron en el último avituallamiento en Toral de Merayo nos vino de perlas para recobrar las fuerzas y un calorcillo interior nos hizo reanudar la marcha. Justo en este punto sucedió la gran anécdota de la prueba, y no he sido capaz de darme cuenta de ello hasta dos días después. Debido al cansancio o a la mala señalización, el último tramo de trayecto, Reyes y yo lo hicimos por un nuevo camino de Santiago inventado por nosotros mismos pues equivocamos el camino y solo la suerte nos condujo finalmente hacia Ponferrada y a la línea de meta, pues perfectamente podíamos habernos perdido por la sierra y haber terminado de mala manera nuestra aventura. Así que, tras terminar todo, no nos cuadraban mucho las versiones de la parte final del trayecto respecto al resto de compañeros. Solo después de estos dos días y de analizar tranquilamente los planos de la zona, he podido recrear el camino por el que fuimos y los puentes por los que atravesamos los ríos hasta llegar a Ponferrada por una avenida próxima a las vías del tren. Simplemente fue una aventura dentro de otra aventura, y además, con final feliz.

            Emotiva nuestra llegada a meta, abrazados, chapurreando canciones legionarias y con lagrimas en los ojos. Nunca he visto a nadie echarle tantos COJ_ _ _ _ como Reyes le echó al asunto, y no me extrañaría en absoluto que fuera descendiente de los grandes guerreros espartanos que vivieron en la antigüedad. Mi felicitación y mi enhorabuena para él.

            Paso a relatar lo sucedido con cada uno de los compañeros en esta aventura:

Cristina, que de repente se vio inmersa en una aventura que no era la suya y que pudo vivir junto con nosotros una buena parte del camino.

Toñi, que se le quedaron pequeños los 50 Km que realizó y de la que estoy seguro, seria capaz de realizar una prueba de 101 Km sin problemas.

May, de la que nos dio muestras a todos de hasta donde se puede llegar con determinación pese a ir totalmente falta de entrenamientos. Quisiera saber yo cual es el menú que tenéis en casa pues tanto Francis como tú os salisteis del todo.

Paco, que hizo como siempre de gran maestro de ceremonias y nos mimó en todo momento, aunque su objetivo solo era hacer los primeros 50 Km.

Y como finalistas en meta de estos 101 Km. Peregrinos:

Juani, dando muestras de nuevo de su enorme potencial y de su seguridad en este tipo de pruebas.

Antonio, todo pundonor y con una fortaleza fuera de lugar.

Ángel, que nos dio una lección a todos de lo que es sufrir agónicamente durante muchísimos kilómetros cuando la cosa se pone fea, pero con una determinación inquebrantable hacia la consecución de un objetivo.

Francis, que nos dejó a todos alucinando con su capacidad de superación y su entrega. Pero si solo lleva poco más de un año corriendo. Simplemente increíble.

Ramón, ser único e irrepetible, seguramente el molde lo rompieron cuando nació. Mil y una aventuras viviría junto a él, aunque fuera en el mismísimo fin del mundo.

Yo mismo, Jesús, que aunque hice la preparación de mi vida, el frío y las ampollas me pasaron una factura que me obligaron a darlo todo en la parte final.

Y dejo para el final los que considero héroes de la expedición, a Reyes, que se ganó a pulso los galones de oro cientouneros, y a Silvia, que dio muestras de la capacidad femenina ante la adversidad, el sufrimiento y la lucha contra los elementos. Solo una mujer es capaz de tratar de esa manera a una prueba tan extrema. Mi enhorabuena a los dos.

En otras ocasiones, he terminado mis crónicas animando a la gente a que participe en este tipo de aventuras, pero esta vez no lo voy a hacer, no mientras no haya mas control sobre la misma. Soy partidario de conocer nuevos eventos, de vivir pequeñas aventuras y demás, pero esta vez el tema ha sido BRUTAL. Literalmente pasamos del paraíso al infierno en pocos minutos y en una prueba de este tipo, cuando las condiciones climatológicas se ponen radicalmente en contra, hay que asumirlas de otra manera, o bien, retroceder ante un peligro tan grande pues no se trata de cobardes, sino de tener sentido común, y es por ello que considero que no hubiera estado mal el que la organización de la carrera hubiera dado por finalizada la misma en algún momento dado, recogido a los participantes en los avituallamientos y haberlos trasladado a meta considerándolos finalistas a todos ellos.

Gracias a todos los compañeros que me habéis acompañado en esta gran aventura. Sin duda, esta expedición Trotanoches quedará para los anales de la historia.


Solo el que se rinde pierde la batalla.

Jesús Viciana.

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